Archivo doctrinal de los Reinos del Señor

Las Seis Virtudes

de los Reinos del Señor

Los sabios de los Reinos del Señor enseñan que el cuerpo humano se halla gobernado por seis fuerzas esenciales. Las llaman Virtudes porque de ellas dependen la vida de la carne, la claridad de la mente, el temperamento y la rectitud del ánimo.

Ninguna obra por separado. Cada una contiene, limita y completa a las demás. Cuando las seis conservan su justa medida, el cuerpo permanece sano y el alma puede conducirse con templanza. Cuando alguna se debilita, se desborda o rompe su vínculo con el resto, aparecen la enfermedad, el desorden de la conducta y la turbación del espíritu.

Médicos, clérigos y eruditos observan sus señales en el pulso, la respiración, la palabra, el movimiento y los cambios del carácter. Allí donde otros solo ven una dolencia, ellos buscan una armonía quebrada.

Principio y representación

El sello de las Seis Virtudes

Lámina antigua del Sello de las Seis Virtudes y sus correspondencias corporales
Lámina de las Seis Virtudes y sus correspondencias corporales, copiada de un tratado atribuido a los primeros eruditos del Señor. Las anotaciones marginales advierten que ninguna fuerza preserva la vida cuando pretende gobernarla por entero.

La doctrina representa las Virtudes mediante dos triángulos superpuestos.

Triángulo terrenal

El triángulo negro, dirigido hacia lo alto, contiene las llamadas virtudes oscuras o terrenales: Hielo, Rayo y Tierra.

Triángulo puro

El triángulo blanco, orientado hacia abajo, reúne las virtudes puras: Fuego, Agua y Aire.

Estas denominaciones no expresan una división entre el bien y el mal. Las virtudes oscuras no son malignas, corruptas ni inferiores. Se las llama así por su naturaleza terrenal: dan forma, firmeza, arraigo y voluntad a la existencia. Las virtudes puras tampoco ocupan un rango superior; se relacionan con la vida, el movimiento y la manifestación del espíritu.

Ambos triángulos poseen igual dignidad. Las seis Virtudes son necesarias y sagradas, y ninguna puede sostener por sí sola el cuerpo o el alma.

Principio de unión

La Concordia

En el centro del sello se encuentra la Concordia, también llamada Espíritu del Señor.

La Concordia no es una séptima virtud. Es el principio que enlaza las seis, contiene sus excesos y permite que actúen como partes de una misma obra. No gobierna un órgano ni se manifiesta como una fuerza independiente: existe en la relación justa entre todas ellas.

Por ello, los tratados sostienen que la salud no nace de la abundancia de una virtud, sino de la medida que cada una guarda frente a las demás. Donde esa medida perdura, hay armonía. Donde se rompe, comienza el padecimiento.

Fuerza, elemento y cuerpo

Las virtudes y sus sedes

I

Ánima

FuegoCorazón

El Ánima gobierna la vida, el calor vital y el impulso de existir. Su llama sostiene el vigor de la carne y mantiene despierto el deseo de permanecer en el mundo.

Cuando se debilita

El cuerpo pierde calor y fortaleza. Aparecen la apatía, la tristeza, la falta de apetito y un apagamiento interior que vuelve pesadas incluso las acciones más sencillas.

Cuando se desborda

La llama excede su cauce. Surgen la fiebre, la agitación, el arrebato y el deseo sin freno. Si el exceso persiste, el propio fuego vital comienza a consumir el cuerpo que debería sostener.

II

Ardor

RayoHígado

El Ardor gobierna la voluntad, la intensidad, la ambición y el impulso de actuar. Es la fuerza que mueve al ser humano a decidir, acometer y perseverar.

Cuando se debilita

La voluntad pierde firmeza. Crecen la cobardía, la indecisión, la sumisión y la falta de vigor para enfrentarse a la dificultad o defender el propio propósito.

Cuando se desborda

El impulso deja de reconocer límite. Se manifiesta como ira, violencia, orgullo, impulsividad y una ambición capaz de destruir aquello mismo que pretendía conquistar.

III

Penumbra

TierraMente

La Penumbra gobierna la memoria, la introspección, el pensamiento profundo y la conciencia de uno mismo. En ella reposan cuanto se ha vivido y cuanto el alma reconoce como propio.

Cuando se debilita

El juicio se vuelve ligero. Aparecen el olvido, la falta de reflexión y una mirada superficial, incapaz de detenerse en las consecuencias o aprender de lo sucedido.

Cuando se desborda

El pensamiento se cierra sobre sí mismo. Nacen la melancolía, la obsesión, la culpa y las ideas oscuras. La persona puede quedar encerrada en su interior, separada de cuanto la rodea.

IV

Rocío

AguaPulmones

El Rocío gobierna la calma, la compasión, la templanza y la suavidad del ánimo. Aplaca la aspereza y permite reconocer el dolor propio y el ajeno.

Cuando se debilita

El ánimo se vuelve seco y endurecido. Surgen la crueldad, la indiferencia y la incapacidad tanto de ofrecer consuelo como de aceptarlo cuando procede de otros.

Cuando se desborda

La sensibilidad pierde contención. Aparecen el llanto continuo, la debilidad, la indecisión y una blandura del espíritu que dificulta obrar con firmeza.

V

Savia

HieloHuesos y médula

La Savia gobierna la forma, la estructura, la contención, la pureza y la resistencia. Da firmeza al cuerpo y sostiene aquello que debe permanecer frente al desgaste y al cambio.

Cuando se debilita

La estructura pierde consistencia. Se manifiestan la fragilidad, la falta de firmeza, el desorden y un deterioro que puede alcanzar tanto a la carne como a la conducta.

Cuando se desborda

La firmeza se convierte en inmovilidad. Surgen la rigidez, la esterilidad, la frialdad extrema y la represión, junto con una incapacidad creciente para adaptarse.

VI

Aliento

AireVoz, piel y expresión exterior

El Aliento gobierna la palabra, la inspiración, la comunicación y la manifestación de cuanto habita en el interior. Gracias a él, el pensamiento y la emoción alcanzan el mundo visible.

Cuando se debilita

La expresión se vuelve torpe o desaparece. Aparecen el mutismo, la desconexión y la dificultad para exteriorizar lo que se piensa, se siente o se desea comunicar.

Cuando se desborda

La palabra pierde gobierno. Se manifiesta como verbosidad, delirio, lenguaje errante e inestabilidad en la expresión, hasta que la voz deja de obedecer al pensamiento.

Conclusión de los tratados

El equilibrio como ideal

La doctrina de los Reinos del Señor no persigue la supremacía de una Virtud sobre las demás. Una llama sin contención consume; una firmeza sin movimiento paraliza; una voluntad sin templanza destruye. Incluso aquello que sostiene la vida puede causar daño cuando rebasa su medida.

El cuerpo sano y el alma recta son aquellos en los que ninguna Virtud domina por completo. La fortaleza verdadera no consiste en poseer más fuego, más tierra o más aire, sino en conservar la proporción que permite a cada fuerza cumplir su cometido.

Por esta razón, médicos, clérigos y eruditos explican muchas enfermedades de la carne y alteraciones del ánimo como señales de una descompensación. Su labor consiste en reconocer qué Virtud ha menguado, cuál ha excedido su cauce y de qué manera se ha quebrado la Concordia.

«Seis son las fuerzas que habitan la carne; una sola, la Concordia que impide que se devoren.»