El peso del mundo

Prólogo

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Lo había oído en alguna ocasión. No se hablaba mucho, pero siempre había alguien que conocía a una persona que decía que conocía a otra… Un familiar lejano o una vieja historia de un niño, un joven o una chica que de pronto se volvía «especial». Pero cuando se preguntaba abiertamente, todos respondían lo mismo:

«Son solo historias. Cuentos».

Historias que entretenían y daban que hablar. Ella había participado en alguna conversación de esas. Y hasta se había reído. Pero qué diferente era escuchar esos viejos relatos cuando el «especial» era uno de los tuyos.

Ya no se reía. De hecho, ni siquiera se atrevía a hablar. Torcía el gesto y se arrugaba en sí misma mientras esperaba que la conversación cambiase. Era mejor que nadie supiera que las virtudes de su hermano estaban en desequilibrio, que habían roto la armonía del Señor. Un hombre trastornado. Loco. Muchos dirían que lo mejor era ejecutarlo. Unos pocos sentirían piedad. Ella, sin embargo, solo percibía la angustia. Tenía que ayudarlo. Como fuera.

Había salido de casa a altas horas de la noche. Con la luna ausente. Con tan solo el mar de estrellas para iluminar su camino y ese brillo rojo que palpitaba amenazante en el cielo. El viento inmóvil. Las ramas de los árboles convertidas en estatuas, y los pájaros nocturnos escondidos entre las hojas. No cantaban. Solo observaban.

Su madre le había pedido que se quedara con ella. Necesitaba ayuda para hacerse con él, pero ¿cómo iban a hacerlo? Solas, no podían. Necesitaban a un erudito. Ellos habían estudiado el cuerpo, el alma y conocían fórmulas para poder equilibrar las virtudes. Solo uno de ellos podría calmarlo. Aunque puede que ya fuera tarde para sanarlo…

¿Cómo pagaría sus servicios? Ni idea. Apenas llevaba un par de monedas de plata y tres de cobre. Con eso no alcanzaría, pero no tenía por qué decírselo. Ya ajustaría cuentas con él cuando lo salvara. Había otros modos de pagar. Ella había trabajado en muchos sitios. En tabernas, en mercados, limpiando… y hasta arando el campo. Algo podría hacer para compensarlo.

Aguardó inquieta cuando llegó a su puerta. Había dado un par de golpes en la robusta madera con sus manos desnudas. Fue como si llamara a todas las casas de la calle. Una alarma que los avisaba a todos. Maldijo para sus adentros. No quería que nadie la viera allí. No quería que, al amanecer, todos los vecinos lo comentaran.

—¿Quién anda? —Escuchó una voz al otro lado de la puerta. Ella susurró a la madera.

—Busco a Salvador. Necesito al erudito.

La puerta arrastró un sonido estridente. Si sus golpes no habían despertado a las personas que dormían, lo había hecho la puerta. Se asomó una mujer. Debía ser muy mayor, por lo que dudó si se trataba de la esposa del erudito o su madre. La miraba con recelo. Con los ojos sin terminar de abrirlos y los labios arrugados.

—No son horas —gruñó.

—Necesito a Salvador —imploró. Sus ojos estaban encharcados en lágrimas, que se agolpaban sin llegar a salir.

La mujer no se compadeció de ella. Estaba acostumbrada a ese tipo de interrupciones nocturnas. Cerró la puerta durante un instante y cuando volvió a chirriar, apareció el erudito. Un hombre rechoncho, con escaso pelo y piel grasienta.

—¿Otra vez? —No salieron sus palabras. Respondió con un llanto ahogado que atravesaba su garganta—. Está bien. Cogeré mis cosas.

La puerta volvió a cerrarse y ella se quedó inmóvil en el porche. Se apretaba una mano contra la otra, mientras con sus ojos intentaba encontrar alguna mirada indiscreta acechando en las sombras. Pero no vio ninguna.

El erudito salió vestido con su toga violeta con bordes de oro. Cargaba un pesado maletín que podía acumular más años que los edificios que los rodeaban. Una extraña reliquia familiar que habría pasado de padres a hijos durante muchas generaciones. Ninguno habló. Simplemente caminaron por las calles escuchando el sonido de sus calzados al chocar contra el suelo. Ella mantuvo la mirada baja, huyendo de los vecinos que pudieran salir a observar su camino. Él, sin embargo, se tambaleaba intentando no pisarse su atuendo mal puesto mientras revisaba sus instrumentos. Era como llevar ganado con una campana atada al cuello.

Llegaron a la casa donde aguardaba su madre. Era pequeña, de tres alturas. Estrecha, con grandes muros de piedra gris, con ventanas pequeñas en la primera planta, pero más grandes en las siguientes alturas. Estaba en los límites de la ciudad. Desde la entrada principal, parecía una cualquiera, pero al otro lado, la casa desafiaba a los precipicios. Colgada en la montaña, como si luchara para que la ciudad no la echase de sus muros.

—¿Dónde está? —El erudito soltó el maletín en una mesa.

—Está en su alcoba —respondió la mujer mientras ella le guiaba.

—Acompáñeme.

Su madre le agarró del brazo para detenerla, mientras él abría el maletín y sacaba algunos artilugios.

—¿Cómo vamos a pagarlo? —siseó. Ella no articuló palabra. Respondió con sus ojos. No quería que lo escuchara.

«Calma, mamá».

—Está en la segunda planta.

Cuando entraron en la habitación, el ambiente desprendía un aire denso, caliente, con un ligero olor a humedad. Su hermano estaba sobre la cama. Tenía la frente encharcada de sudor. Parecía que estaba dormido, pero no lo estaba. Tan solo tenía los ojos cerrados mientras susurraba frases que apenas se entendían.

—Lo habéis atado —observó el erudito.

—No queremos que se haga daño —se excusó la madre.

—Lleva todo el día diciendo… que quiere… —no se atrevía a decirlo. Si el erudito dictaminaba que el alma estaba quebrada, podría intentar ordenar que la justicia se hiciera cargo para… evitar un mal mayor.

El hombre asintió.

—Tengo que hablar con él. —Se aproximó a la cama y aflojó las ataduras. Ella quiso impedírselo… pero no se atrevió—. Zacarías, ¿me oyes?

Le palpó la frente. El sudor resbaló por su mano de un modo alarmante.

—Tiene mucha fiebre.

—Hemos intentado bajársela, pero con el anochecer sube demasiado… y no hemos conseguido nada.

Sacó un pañuelo, recogió una muestra de sudor y la colocó en un tarro con agua. Esperó que cambiara de color, pero no lo hizo. El erudito frunció el ceño. Desconfiado.

—¿Qué dice?

—No lo entendemos —mintió.

Había estado la mayor parte del día hablando en alto. Solo las últimas horas su voz se había tornado en un suave susurro imperceptible. Pero antes de eso… su hermano no paraba de hablar.

«¡Dicen que tengo que ir! ¡Me piden que vaya! Tengo que buscarlos. Tengo que dar con ellos… Tengo que… tengo que liberarlos. Al sur. Tengo que ir al sur».

Así una y otra vez.

Ella intentó conversar con él, pero la mayor parte del tiempo parecía que estaba ausente. Cuando respondía, no lo hacía a ella. Hablaba con otra persona… aunque allí no hubiera nadie más.

—¡Zacarías! —El erudito lo golpeó con suavidad.

El chico abrió los ojos. Los abrió tanto que parecía que iban a salirse de sus cuencas. Sus ojos refulgían con la luz que se desprendía de las lámparas de aceite.

«No es él» —pensó.

El hombre se reclinó y trató de escuchar los susurros que repetía. Su voz era tan diminuta que apenas alcanzaba a escuchar un par de palabras.

—Delira —musitó—. Ayudadme a descubrirlo.

Madre e hija se apresuraron a desvestirlo. El cuerpo estaba en ebullición. Su piel se había tornado rojiza. El vello de su torso se había pegado al cuerpo por el sudor. El erudito intentó incorporarlo para tocarle la espalda, pero él parecía resistirse. Cuando lo consiguieron, trató de oír los latidos de su corazón. Después, le palpó el pecho, el vientre y le levantó los brazos.

—Arde —avisó—. El fuego se desborda. Si no conseguimos pararlo… —no terminó la frase, pero no hacía falta que lo hiciera—. Traedme agua ¡y un paño!

Su madre asintió, mientras ella se quedó contemplando al hombre sin atreverse a formular la pregunta que le atormentaba la cabeza. Él le devolvió la mirada. Sus ojos hablaron lo que sus labios callaban.

—Si no contenemos el Ánima de su cuerpo… —Ella sintió el impulso de echarse a llorar—. La Penumbra está completamente alterada. Por eso la Savia está desordenada.

—¿Y qué hacemos?

—Primero, contener el fuego de su cuerpo —respondió—. Sin eso, no hay nada que podamos hacer para ayudarlo.

La madre regresó y el erudito comenzó a mojarlo, pero no había modo de hacerle bajar la fiebre.

—Saquémoslo fuera. Necesitamos frío.

Él lo agarró de las axilas y madre e hija de cada pierna. Lo sacaron en volandas y lo dejaron casi desnudo al abrigo de la noche. El hombre tomó una pequeña navaja y le hizo un par de incisiones en las plantas de los pies. Sangró bajo la aterradora mirada de las dos mujeres. Ella hubiera querido detenerlo, pero… ¿qué sabía ella de las virtudes?

—Ayúdelo, por favor —rogó su madre. Después se echó en brazos de su hija y lloró con contención.

Ella solo pudo consolarla. Tenía que ser fuerte por las dos.

—Teníais que haberme llamado antes… Pero creo que conseguiré que le baje la fiebre. ¡Zacarías! ¿Me oyes? —Él le devolvió la mirada. Parecía perdido, ausente… pero tras unos instantes, asintió. Parecía que volvía en sí.

—Me están llamando —respondió—. Quieren… Me quieren…

—¿Quién te llama, hijo? —preguntó el erudito con un tono de voz melódico. Le había colocado la cabeza sobre su regazo y le apartaba los mechones de pelo.

—Me hablan. Todos. Todos a la vez. Me hablan todo el rato.

—¿Y qué te dicen?

Zacarías se quedó abstraído en los ojos del erudito. Volvía a ausentarse, como si quisiera escuchar las voces de su interior. O como si las voces le reclamaran de nuevo. El erudito le agarró de la mandíbula y le agitó, pero él seguía ausente.

—¡Zacarías! —Intentó recuperar su atención, pero el chico comenzó a convulsionar.

Su madre gritó, como si temiera que su hijo falleciera al finalizar aquellos espasmos que se antojaban obra de algún tipo de fuerza oscura. Ella, sin embargo, se apresuró a echarse encima. Tenía que detener las agitaciones, aunque fuera con su cuerpo. El erudito también intentó contenerlo.

¿Cuánto duró? Puede que apenas unos minutos… o puede que horas. Fue una eternidad para ella. Como si el sol saliera y se volviera a esconder, como si sintiera el calor del día y los fríos vientos de la noche. A su alrededor, algunos vecinos observaban temerosos tras sus ventanas. Pero… Ya no le importaba.

El cuerpo de Zacarías se detuvo agotado. Yacía sobre el duro suelo como si hubiera perdido el último aliento. Inerte. La vida estaba ausente. Su madre se apresuró a su lado, sollozando, pero el erudito la detuvo con un pequeño gesto.

—Está bien —susurró—. Ha sido un ataque, pero respira.

Arqueó los ojos y posó su mano en el pecho. Se levantaba muy despacio, pero el joven aún vivía. La madre volvió a sollozar… pero esta vez, de alivio.

—Tenemos que meterlo dentro de casa —pidió al erudito. Sus ojos parecían estar conformes y asintió.

—La fiebre comenzará a bajar ahora. Venga, ayudadme a meterlo dentro.

De la misma manera que lo sacaron a la calle, volvieron a levantarlo y lo llevaron al interior. Parecía que estaba dormido. Necesitaba descansar.

—Subámoslo a la última planta —pidió su madre—. Que duerma en mi cama.

Sin cuestionar, lo llevaron hasta la alcoba principal de la casa. Escalón a escalón, intentando que no se cayera. Era complicado. El chico parecía pesar más que antes. Demasiado. Como si no quisiera subir hasta allí, o como si alguien no quisiera que lo hicieran.

«Parece que dentro de él hay otra persona».

El erudito sudaba mientras luchaba para que no se resbalara de sus manos. Ellas seguían sujetándole de los pies, pero ya no conseguían levantarlo. Parte de su cuerpo rozaba con las escaleras, arrastrando el polvo del suelo.

—Parad, parad… —pidió el erudito cuando llegaron al final.

Tomaba aire a grandes bocanadas. Un par de venas de su frente y del cuello se habían hinchado con el esfuerzo y la cara se había encendido. Por un momento, parecía que iba a caerse desmayado en cualquier momento.

—¿Está bien? —le preguntó. Él asintió.

—No. No quiero. Dejadme, por favor —musitó Zacarías.

Seguía con los ojos cerrados. No hablaba con ellos, sino con las voces de su interior. El erudito no iba a tardar en dictaminar que su alma se había quebrado, que las virtudes de su cuerpo se habían corrompido. Y entonces… ¿qué harían con su hermano?

—Venga, llevémosle a la cama —pidió el hombre.

No tuvieron tiempo para agarrarlo de nuevo. Zacarías se levantó. Tenía los ojos abiertos, el rostro pálido y los labios morados. Miró al erudito fijamente. De pie, era mucho más alto que él. El hombre dio dos pasos hacia atrás, con miedo.

El brillo de sus ojos era diferente, como si en su interior hubiera una sombra que lo miraba amenazante. El erudito había oído hablar de aquel fenómeno en muchas ocasiones. Cuando ella acudió a él por primera vez y le confesó el temor por su hermano, dijo que era imposible. Durante sus años de aprendizaje se documentó sobre casos similares, donde los hombres eran corrompidos por una voz que destruía las almas y las controlaba… Pero los maestros siempre dijeron que solo eran mitos antiguos, historias que provenían de antes de la Calamidad. Sin embargo, ahí estaba Zacarías… Por fin él veía lo mismo que ella. Tragó saliva y dijo en voz baja.

—Está… fascinado.

Zacarías levantó las manos y le agarró del cuello. Lo empujó contra la pared y comenzó a apretar con una fuerza que ni él mismo era consciente de que existía en su interior. Madre e hija gritaron, mientras se lanzaban a cada uno de sus brazos para intentar que lo soltara. Pero no podían con él. Zacarías apretaba cada vez con más fuerza, mientras el erudito se veía incapaz de tomar un soplo de aire.

—¡Zacarías, suéltalo! ¡¡Suéltalo!! —gritaba su madre.

Su hermana intentó empujarlo para tirarlo al suelo. Pero era como chocar contra un muro de piedra, imposible de derribar.

—¡¡Suéltalo!! —El erudito no aguantaba mucho más. La fuerza de sus manos era tal que creyó que podía ser decapitado antes de morir asfixiado. Pero al final, Zacarías abrió las manos…

El erudito cayó al suelo exhausto. Intentó recuperar su sed de aire como podía, mientras el joven empezó a caminar en dirección a la ventana orientada al sur de la ciudad. Ella ya sabía lo que quería hacer. Lo había intentado en otras ocasiones… Por eso lo tenía atado.

Intentó frenarlo. Su madre fue detrás. Pero él podía con las dos mujeres. No atendía a ninguna de ellas. Ni a la voz de su madre, ni a la de su hermana. Las dos gritaban. Imploraban que se detuviera.

—Tengo que irme —repetía una y otra vez.

El viento empujó el cristal y la ventana se abrió. Un viento frío, fuerte, que entró como una tempestad por la casa. Las empujó a las dos, pero Zacarías continuó caminando. Paso a paso. Cuando llegó al umbral de la ventana, el horizonte se abría ante sus ojos. No veía el precipicio que asomaba a sus pies. Se giró, y durante unos instantes, ella vio a su hermano. No a aquello que le hablaba.

—Me necesita —comentó con la voz rota—. No me dejará hasta que lo haga… Salvo que…

No lo dijo. Se volvió por la ventana y se lanzó al vacío.

Ella gritó. Gritó tanto que su voz se arrastró por todo el precipicio. Por un instante, era como si hubiera sido ella, y no su hermano, quien se había arrojado por él.

El viento cesó. Los susurros… callaron.